El contrabajo virtuoso y Danzas Sinfónicas reunidos en un nuevo programa de la Sinfónica, bajo la dirección de Lautaro Mura, con el destacado contrabajista Enzo Rossi como solista.
Bajo la dirección del maestro invitado Lautaro Mura, el organismo artístico ofrecerá un programa de contrastes que va desde la vanguardia argentina hasta el romanticismo ruso, con la participación solista de Enzo Rossi en contrabajo.
El Ciclo sinfónico de la OSUNCUYO dá un paso más en su excelente selección de obras universales para un nuevo capítulo que combinará distintas épocas en una noche que tendrá como invitado especial al director chileno Lautaro Mura Fuentealba y a Enzo Rossi, quien como solista desplegará toda la expresividad y fuerza del contrabajo.
El repertorio desandará en el tiempo el camino entre la vanguardia argentina y el romanticismo ruso al iniciar la noche con un estreno en nuestra provincia. Al plexo trópico de Horst, una obra que desafía las texturas convencionales de la orquesta. El programa continuará con el Concierto para contrabajo de Koussevitzky, una de las obras cumbre del repertorio para este instrumento. El cierre tendrá también aires rusos con las Danzas Sinfónicas de Rachmaninov.
El concierto será el viernes 26 de junio a las 20:30 en la Sala Roja de la Nave UNCUYO.
Las entradas tienen un valor de $15.000 general y $12.000 para estudiantes, docentes, personal no docente y jubilados/as. Las mismas se pueden adquirir en www.entradaweb.com.ar o personalmente en boletería de la Nave UNCUYO (Maza 250, Ciudad) de martes a domingo de 17:30 a 21:30h.
El ingreso estará habilitado 30 minutos antes del inicio de la función, se ruega puntualidad. Una vez comenzado el concierto no se permitirá el ingreso de público en la sala.
PROGRAMA
CICLO SINFÓNICO: EL CONTRABAJO VIRTUOSO Y DANZAS SINFÓNICAS
Director invitado: Lautaro Mura Fuentealba
Solista: Enzo Rossi, contrabajo
- Jorge Horst (n. 1963) Al plexo trópico (Estreno en Mendoza)
Nacido en Rosario, Jorge Horst es una de las figuras más singulares y rigurosas de la composición argentina contemporánea. Su catálogo se caracteriza por una profunda indagación en la materia sonora, la densidad de las texturas y una poética que tensiona las formas tradicionales.
Al plexo trópico se presenta por primera vez ante el público mendocino como una muestra de la música de nuestro tiempo. El término "plexo" remite a una red o trama intrincada, mientras que "trópico" nos transporta a una idea de magnetismo, fijeza o torsión. En esta obra, Horst despliega una filigrana orquestal donde el sonido no se desarrolla de manera lineal, sino que parece concentrarse, expandirse y gravitar sobre sí mismo. La microtonalidad, la riqueza tímbrica de los instrumentos llevados a sus límites expresivos y una constante tensión orgánica invitan al oyente a una escucha inmersiva, despojada de moldes clásicos, donde la orquesta funciona como un gran organismo vivo en constante mutación.
- Serge Koussevitzky (1874-1951): Concierto para contrabajo y orquesta en Fa sostenido menor, Op. 3
Antes de consolidarse como el mítico director de la Orquesta Sinfónica de Boston, el ruso Serge Koussevitzky fue aclamado en toda Europa como uno de los más grandes virtuosos del contrabajo. Escrito en 1902 con la probable colaboración de Reinhold Glière en la orquestación, y estrenado en Moscú en 1905, este concierto transformó la percepción del instrumento, demostrando que el gigante de las cuerdas poseía una voz solista de profunda nobleza y lirismo.
La obra se inscribe en la tradición del romanticismo tardío ruso, con una fuerte influencia del dramatismo de Tchaikovsky. Formalmente estructurada en tres movimientos que se ejecutan sin interrupción (attacca), la partitura exige el uso de la "afinación de solista" (un tono más arriba de la afinación orquestal estándar) para dotar al instrumento de mayor brillo y proyección. El Allegro inicial abre con un llamado enérgico de la orquesta que da paso a la entrada del solista con un tema apasionado. El Andante es una romanza elegíaca y melancólica que explora el registro más agudo y cantarín del contrabajo, emulando la expresividad del violonchelo. Finalmente, el Allegro assai retoma la rítmica del primer movimiento y desata un despliegue de bravura técnica —con arpegios, dobles cuerdas y armónicos— que conduce la obra hacia un final de alto impacto virtuoso.
- Sergei Rachmaninov (1873-1943): Danzas Sinfónicas, Op. 45
Compuestas en el verano de 1940 en Long Island, Estados Unidos, las Danzas Sinfónicas constituyen el testamento musical de Sergei Rachmaninov. Dedicadas a Eugene Ormandy y la Orquesta de Filadelfia, representan su última obra terminada y la cumbre de su madurez compositiva, donde el lirismo crepuscular de su juventud se fusiona con una rítmica vigorosa, incisiva y de una modernidad sorprendente.
Originalmente concebidas bajo el título de Danzas Fantásticas (con los subtítulos "Mediodía", "Atardecer" y "Medianoche" como alegoría de las etapas de la vida), la obra es una mirada retrospectiva y nostálgica del compositor en el exilio. El primer movimiento, Non allegro, se construye sobre un motivo de marcha obsesivo y seco. El fuerte contraste llega en la sección central con la introducción de un color inusual en su producción: un solo de saxofón alto que despliega una melodía de un hondo y fluido carácter folclórico ruso. Hacia el cierre, las cuerdas citan de manera luminosa el tema principal de su malograda Primera Sinfonía, redimiendo aquel viejo fracaso de su juventud.
El segundo movimiento es un Andante con moto en tiempo de vals, pero lejos de la ligereza vienesa, nos introduce en una atmósfera lúgubre y fantasmal. Iniciado por advertencias siniestras en los metales, el vals avanza como un eco distorsionado del pasado, evocando la decadencia de un mundo que ya no existe.
El movimiento final, Lento assai - Allegro vivace, es una batalla espiritual implacable. Rachmaninov confronta de manera explícita la muerte y la redención a través de dos citas fundamentales: el célebre motivo gregoriano del Dies Irae (una obsesión recurrente en toda su vida) y el canto ortodoxo "Bendito sea el Señor" extraído de su propia Vigilia de toda la noche, Op. 37. Sobre el cierre, el tema de la resurrección se impone victorioso. En la última página del manuscrito, el compositor escribió a modo de despedida: "¡Gracias, Dios!", dejando que la obra termine con un rotundo golpe de tam-tam cuyo sonido la partitura ordena dejar vibrar hasta extinguirse en el silencio.